LOS ESPIGADORES Y LA ESPIGADORA
Dirección y guión: Agnès Varda.
Género: documental. País: Francia. Año: 2000.
Premio mejor documental (Asociación de críticos de Los Ángeles).
Premios: mejor documental europeo (European film award 2000).
Premio del público mejor película (Festival de Montreal 2000).
Premio mejor documental (Sociedad de críticos USA, 2000).
Premio mejor documental (Festival de Chicago, 2000).

Por LongJohnSilver
El género documental es uno de los hermanos pobres del cine, un pariente lejano, a menudo olvidado.
Pero ¿es éste film en realidad un documental? Hay algo en él que parece traspasar esa barrera, ir más allá, trascendiendo los límites que, habitualmente enmarcan este género cinematográfico.
En un documental, la cámara es poco más que un ojo, un espejo; las imágenes pueden ser hermosas, originales, impactantes, explicativas,... pero son poco más que fotografía en movimiento.
Agnès Varda, con su cámara de vídeo digital, sin pretensiones de innovación técnica, sin necesitar de grandes tomas, logra recuperar para el cine la esencia de su apelativo más olvidado, el de ser el 7º Arte. Arte con mayúsculas. Y cada imagen es recogida con su propia mano.
Vamos ya con la película.
Un lienzo de Millet, "Los espigadores", abre el film, en él vemos campesinos recogiendo grano. Nada especial llama la atención de ese cuadro.
Para entender su significado, debemos volver atrás en la Historia, aprender más sobre quien eran los espigadores.Incluso hoy en día, hay leyes que regulan el "espigamiento", un derecho que se remonta a la Edad Media y que consiste en que cualquier persona que lo necesite, tiene el derecho de recoger los frutos de la tierra después de que ésta haya sido cosechada. En la práctica, y como se ve en el cuadro de Millet, los más desfavorecidos acudían a los campos, tras la cosecha, para recoger grano a grano los cereales que habían caído a tierra tras el paso de los segadores o las trilladoras mecánicas. Tal actividad también era avalada por el derecho consuetudinario en la rebusca de los frutos de los árboles o del mar.
Varda viaja por toda Francia, buscando rastros de esa actividad, y los encuentra en los huertos de frutales, en los viveros de ostras, en los campos de patatas, donde los cosechadores las desechan por toneladas al no ajustarse a las medidas óptimas para su comercialización....las patatas pequeñas no sirven, ni las muy grandes, ni las patatas con forma de corazón.
La cámara nos muestra a los "nuevos espigadores", los marginados, viviendo en caravanas en mitad de la nada, atentos a las idas y venidas de los remolques que devuelven al campo lo que resulta poco estético para la sociedad de consumo.
Pero no son los únicos espigadores, existen otros, y no en el campo sino en nuestras ciudades. Los contenedores de basura son sus campos trillados, los desperdicios de los comercios, de las casas, son su supermercado particular. En ellos encuentran su alimento, sus electrodomésticos, sus muebles.
A pesar de lo que podamos suponer de antemano, no hay un perfil típico en estos "espigadores" urbanos, y Varda se encarga de adentrarnos en sus vidas, en lo que hay más allá de la basura que les rodea. Porque esa basura no es vista por ellos con nuestra perspectiva cerrada; donde nosotros vemos suciedad y deshechos ellos pueden ver alimentos, artefactos útiles e, incluso, potenciales elementos constitutivos de futuras formas de Arte.
Así hallamos al anciano constructor de Totems, al pintor-chatarrero, al artista del collage...
Y también, alejados del Arte, pero más aun de la sociedad, no sólo hallamos a marginados o a jóvenes antisistema, sino a hombres con casa y empleo pero a quienes les repulsa ver tanto despilfarro que optan por la decisión vital de recuperar de la basura todo lo que aun sea comestible, al profesor de biología que ya sólo da clases si lo hace sin cobrar.
¿Qué les hace tan diferentes a nosotros? ¿Su manera de eludir la vergüenza, los escrúpulos?
Un vagabundo de color convive, por temporadas, con un anciano oriental. La casa del anciano es un enorme amasijo de trastos...... pero él posee varios frigoríficos y congeladores, hallazgos funcionales. El hombre de color trae ese día montones de bandejas de muslos de pollo y será el oriental quien las cocine todas ¿Y para qué todas?... Para repartirlas con sus vecinos y amigos. Es lo que ellos consideran natural, más que justo, es natural que se haga así. ¿Para que acaparar algo mientras hay otros que lo pueden necesitar ahora?
Otra ética, otra manera de entender el mundo, un mundo que nos consume mientras creemos consumirlo.
Entre las cuestiones que nos plantea el film de Varda está siempre subyacente la forma en que despilfarramos lo que nos da la Naturaleza, la sobrexplotación a que la sometemos innecesariamente, cuando, si recordáramos cómo espigar, podríamos obtener lo mismo de ella sin necesidad de maltratarla. Para que pueda existir una "sociedad del bienestar" el requisito esencial debería ser que la Naturaleza sea la primera en "estar bien".
A medida que va transcurriendo la filmación, la autora va tomando consciencia de que ella misma es una espigadora. Su cámara no recoge cereal, sino imágenes. Y desde esta toma de conciencia decidirá no desechar ni las más modestas, como cuando olvida desconectar la cámara unos segundos y filma el suelo a sus pies.
Imágenes encadenadas, patatas con forma de corazón, un bosque de totems hechos con millones de objetos, un perro con un guante de boxeo al cuello, el psicoanalista reconvertido a viticultor, un abogado en un sembrado de coles, un reloj sin manecillas...
No falta tampoco, en el transcurso de este "documental de camino errante" (cómo así lo define su autora) un sentido al caos que podía vaticinarse al inicio del proyecto.
Varda encontrará en una tienda de objetos reciclados, una reproducción del óleo de Millet.
Pero la lógica del azar no termina aquí.
¿Qué se puede encontrar en un camino sin rumbo?
Errando por la campiña francesa, Varda hallará a un descendiente directo de Etienne-Jules Marey, quien podría ser tal vez, el auténtico padre del cine. Hombre polifacético, de espíritu renacentista, innovador, inventó el fusil cronofotográfico,
y fue el primero, en 1890, en captar y descomponer el movimiento en una placa fotográfica, mediante un sistema, la cronofotografía, que más tarde, sería el empleado por los hermanos Lumiere.
Varda, la espigadora de imágenes, recupera así, para nosotros, a uno de los precursores del 7º Arte.
Y sus imágenes-espigas, repletas de una extraña sensibilidad, forman un retablo que roza la obra maestra.